Este artículo es parte de la edición de mayo, 2020

El Covid-19 afecta a trabajadores de mataderos avícolas de EE.UU. y pone en aprietos a la cadena alimentaria

Con más de 50.000 muertos y una cifra superior ya al millón de positivos, a fines de abril, los EE.UU. con sus 330 millones de habitantes, son el país con el mayor número de afectados por el Covid-19.

El deficiente sistema sanitario de EE.UU., la mucha mayor incidencia entre las clases trabajadoras hispanas y afroamericanas y la disparidad de criterios para controlar la pandemia entre los Estados, está haciendo que el Covid-19 se ensañe principalmente entre las mismas, de las cuales se nutren los mataderos avícolas y en general toda la industria del procesado cárnico del país. Unas medidas tales como la detección obligatoria de la temperatura corporal al empezar el turno laboral o el intento de poner plásticos o mamparas de separación entre trabajadores de la línea de procesado parece que están siendo insuficientes a tenor del gran número de afectados entre ellos.

Esto está provocando la ralentización de las capacidades de sacrificio de muchos mataderos e incluso su cierre, no ya por la sanidad y la calidad de la carne procesada, que está garantizada, sino por la salud de los propios trabajadores. Así se da el caso que granjas avícolas o de porcino, entre otras, han de llevar sus animales a sacrificar a mataderos muy lejanos o que, en algunos casos sea imposible su traslado y sacrificio en matadero alguno, y posterior venta. En algunos casos miles de aves se han tenido que sacrificar por eutanasia en la propia granja ante la imposibilidad de que hubiese un matadero abierto a una distancia razonable.

El presidente de Tyson Foods, la mayor integradora avícola de EEUU, advierte sobre la “escasez de carne” mientras la industria constata que la seguridad de los trabajadores de los mataderos durante la pandemia es insuficiente para prevenir contagios entre ellos que, por la propia naturaleza de las plantas de procesado, están prácticamente “codo con codo”. Según dice, debido a ello la cadena de suministro de alimentos se está “rompiendo” y que se trata de un problema grave de desperdicio de alimentos ya que millones de animales – gallinas, cerdos y ganado – no podrán llegar de las granjas a las mesas debido al cierre de las instalaciones de procesamiento.

A fines de abril los supermercados minoristas de EE UU. han indicado que estaban cortos de existencias de pollo y carne de ave en un 15,8 % pero eso todavía no es tan significativo como con las “compras de pánico” de fines de marzo, cuando el déficit de existencias de carne de ave superó el 20 %. Más de una docena de plantas procesadoras de carne, incluidas las dirigidas por los gigantes de la carne Tyson, Smithfield Foods y JBS, se han convertido en focos de brotes de coronavirus entre los trabajadores, habiendo tenido que cerrar durante un período de tiempo. Más de 150 de las plantas procesadoras de carne más grandes de EE.UU. operan en condados donde la tasa de infección por coronavirus ya se encuentra entre las más altas del país.

Debido a ello, a mediados de abril Tyson cerró una planta de carne de res en el Estado de Washington y otra de carne de cerdo en Indiana para evaluar a los trabajadores por el coronavirus. La compañía también anunció la misma semana planes para reanudar la producción limitada en una planta de carne de cerdo en Iowa que estuvo inactiva durante dos semanas. Puede darse la paradoja pues de que a pesar de que el Covid-19 no se transmite por los alimentos, pueda afectar a la industria de la carne de ave debido al contagio entre los propios trabajadores de las plantas de procesado.

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